top of page

Juan Perinchín de la ollica, loca tragicomedia

NOTA PREVIA

Antes de comenzar con la lectura de esta extraña historia, creo que es necesario aclarar ciertos detalles para meter al lector en contexto. Este viejo cuento llegó a mí a través de mi abuelo, quien me lo contaba día tras día cuando yo tan sólo era un niño. Realmente, nunca llegué a saber si esto era una historia que alguna vez alguien le contó a él o si simplemente se trataba de un cuento inventado por él mismo sobre la marcha, ya que mi abuelo, aparte de sentir una gran vocación por la literatura, era dueño de una enorme imaginación. La idea de escribir mi propia versión de este cuento nace del deseo de poder conservarlo en el tiempo, contarlo a los demás y así intentar retrasar o evitar su desaparición. Como el lector podrá comprobar más adelante, se trata de un relato algo loco y con una extraña moraleja, si es que la hay. Esta es mi propia versión de la historia —algo más adulta, trágica y cómica que la que me contaba mi abuelo—, aún así, me he mantenido fiel a los detalles más esenciales de la trama. Espero que la disfruten, que les entretenga o que al menos puedan sacar alguna moraleja de ella porque, en todo este tiempo, esto último yo no he sabido hacerlo.

JUAN PERINCHÍN DE LA OLLICA, LOCA TRAGICOMEIDA

Érase que se era, en una vieja casa de campo alejada de la población, un niño increíblemente diminuto llamado Juan Perinchín. El niño, quien nunca había conocido a su padre, vivía a solas con su mamá y siempre andaba de acá para allá muy atareado realizando las tareas que ésta le mandaba: como fregar los platos, tender la ropa, hacer la compra o preparar la comida. El pequeño Juan Perinchín, a pesar de no medir más de diez centímetros de altura, se desempeñaba muy bien y siempre se las arreglaba como podía para llevar a cabo todos los quehaceres del hogar.

Todo era luz y color en aquella maravillosa casa de campo: las flores crecían a su alrededor como en ningún otro lugar lo hacían; los pájaros cantaban posados en sus ventanas y la brillante luz del sol llegaba hasta cada rincón de la casa. Pero de pronto, un fatídico día, en un acto de suma imprudencia la mamá de Juan Perinchín mandó a éste a echar un vistazo a la enorme olla en la cual preparaba un apetitoso hervido de verduras con carne de ganso.

—Juan —le dijo al pequeño—, anda, ve a comprobar cómo va el hervido. Pero lleva cuidado, pues el agua está hirviendo y te quemarás si la tocas.

Resultó ser que el pequeño Juan Perinchín no solo tocó el agua y se quemó, sino que, muy decidido y seguro de sí, se asomó a la enorme olla desde lo alto de un taburete y en un ligero descuido resbaló y cayó dentro de ésta.

—¡Ay, Dios mío! —gritó la madre preocupada cuando descubrió que el pequeño había caído dentro de aquella enorme olla hirviendo— ¡Mi pobre Juan Perinchín se ha ido a caer dentro de la ollica! ¿Y ahora qué puedo hacer?

La mujer, desesperada, comenzó a buscar por toda la casa una cuchara para poder sacarlo de ahí, pero tras pasar varios minutos buscando por todos los rincones no logró encontrar ninguna.

—¡Ay, Dios mío! —volvió a gritar— ¡Y ahora resulta que no tengo cuchara para poder sacar a Juan Perinchín de la ollica! ¡Ya sé! —dijo de pronto— Iré al taller del carpintero para que me venda una.

La mujer agarró sus faldas, y levantándolas hasta casi la cintura y corrió hacia el taller del carpintero a toda prisa, el cual vivía a unos dos kilómetros de allí.

—¡Señor carpintero, señor carpintero! —gritó cuando llegó a la carpintería. La mujer estaba exhausta a causa de la carrera que se había dado. Chorros de sudor le corrían por el cuello, la frente y las piernas. El carpintero, un hombre alto y fornido, de barba espesa y cejas pobladas que se encontraba en ese momento fumando un enorme puro, se giró hacia la mujer—. ¡Necesito que me venda una cuchara de madera para poder sacar a Juan Perinchín de la ollica!

Con los ojos todavía entornados a causa del humo y sin entender muy bien lo que aquella histérica mujer histérica le decía, el hombre preguntó:

—¿Cómo dice, señora?

—¡Mi Juan! ¡Mi pobre Juan Perinchín! ¡Se ha caído dentro de la ollica en la que estaba hirviendo las verduras!

—¡Santo Dios! —el hombre dejó caer sus herramientas contra la mesa de trabajo— ¡Tenemos que hacer algo!

—¡Claro! He venido a usted para que me venda una de esas cucharas de madera para poder sacar a Juan Perinchín de la ollica.

El carpintero comenzó a buscar atropelladamente un buen trozo de madera con el que poder hacer una larga cuchara “para sacar a Juan Perinchín de la ollica”.

—¡Oh no! ¡No me queda madera, señora! —el gesto del hombre era de absoluta desolación—. Necesitamos ir al árbol, para que este nos preste algo de la suya.

—¿De veras? ¿No le queda nada, ni un trozo? —la mujer parecía no creer lo que le estaba ocurriendo—. ¿Cómo puede haberse quedado sin madera? ¡Esto es una carpintería! ¡Por el amor de Dios!

—¡Rápido! —dijo el hombre haciendo caso omiso de la mujer a la vez que echaba mano de su hacha—. No hay tiempo que perder. Vayamos hasta el árbol de la colina.




La colina se hallaba a unas dos millas del taller del carpintero, y hacia la mitad del camino ya se distinguía la silueta de un extraordinario árbol altísimo que parecía llegar hasta el cielo.

—Dios mío —la mujer no dejaba de sollozar durante todo el trayecto—. Primero mi Juan Perinchín se cae dentro de la ollica. Y después el carpintero no tiene madera para poder hacerme una cuchara. ¿Qué será lo próximo?

—Señora, no se preocupe, vamos. En cuanto obtengamos madera de aquel buen árbol podré hacerle una buena cuchara para sacar a su Juan Perinchín de la ollica.

—Ya —la mamá del pobre Juan llevaba los pies destrozados de tanto correr y el pelo se le pegaba por la parte de la nuca a causa del sudor—. Eso espero. ¡Ay, Dios mío!

Al llegar al gran árbol, la mujer se puso de rodillas.

—¡Árbol! —comenzó a suplicarle. Una bandada de pájaros salió revoloteando de entre sus ramas debido al chillido que dio la mujer—. ¡Por favor, árbol, dame algo de madera para que se la entregue al carpintero, para que éste me haga una cuchara y así poder sacar a Juan Perinchín de la ollica!

—Verá, señora —contestó el árbol con extrema parsimonia—. Le daría madera con mucho gusto. Pero de un tiempo para acá el río no trae la suficiente agua como para que yo pueda generar tanta como antes. Así que supongo que deberá acercarse hasta él para pedirle que le dé un poco de agua para mí, y así podré darle madera, y usted podrá entregársela al carpintero, para que éste le haga una cuchara y así poder sacar a Juan Perinchín de la ollica.

—¡No lo puedo creer! —la mujer parecía querer estirarse de los pelos hasta quedar calva—. Un carpintero y un árbol que no tienen madera. ¡Dios! ¡Esto debe de ser una broma!

—Señora —contestó el carpintero algo molesto—, siento que las cosas vengan de esta manera. Pero debemos seguir hacia delante para poder sacar a su Juan Perinchín de la ollica.

—Su…supongo que sí —la mujer se encontraba abatida a causa de la desesperación—. Y, ¿dónde está ahora el maldito río?

—Pues verá, señora —le explicó el carpintero amablemente—, no muy lejos de aquí. Tan sólo a unas tres millas.

—¡¿Tres millas?! —la mujer no podía creerlo, y tras escuchar esto, comenzó a darse fuertes bofetadas en el rostro como si intentara despertar de una pesadilla.

—¡Señora, por favor! No se golpeé —el carpintero luchaba por detenerla—. Vamos, debemos llegar hasta el río cuanto antes.




El sol caía a plomo desde lo alto, ni una sola brisa corría por aquella vasta llanura. Ríos y ríos de sudor corrían por la espalda del pobre carpintero, quien desde hacía rato cargaba a cuestas con la desdichada madre de Juan Perinchín. Ésta, exhausta de caminar y con los pies molidos, se había dejado caer hacía rato en mitad del camino alegando que no podía dar ni un solo paso más por sí misma, con lo que el carpintero, hombre de buena voluntad y férreo sentido del deber, se había apiadado de ella y había decidido cargarla sobre su lomo.

A una milla de distancia del río, pasaron junto a una pequeña venta situada a un lado del camino. En ella, varios hombres echaban una partida de naipes y bebían vino. Había también una mujer muy gorda ataviada con un delantal sucio y deshilachado barriendo el porche, y un sabueso famélico rodeado de moscas que parecía llevar años sin probar alimento alguno.

—¡Mirad! ¿A dónde irá ese hombre con esa mujer a cuestas? —preguntó uno de los viejos. A un lado de la mesa había varios mendrugos de pan y un gran trozo de queso.

—¡Madre de Dios! —exclamó la ventera—. ¡Esa mujer está muerta en vida!

La madre de Juan Perinchín, la cual parecía no albergar energía suficiente ni para mantenerse en pie por sí misma, haciendo un último y descomunal esfuerzo, lanzó un chillido que pareció salir de lo más profundo de su alma y gritó:

—¡A la mierda!

Los cuatro viejos y la ventera no supieron muy bien como encajar aquella ofensa, pero viendo la difícil situación en la que se encontraban el carpintero y la mujer, optaron por hacer caso omiso y seguir con lo suyo.




Cuando tan sólo quedaban unos cincuenta metros para llegar hasta el río, la mujer se dejó caer de las espaldas del carpintero directamente al suelo y llegó arrastrándose hasta la orilla para descubrir que éste venía más seco que la mojama.

—¡Por favor! —le gritó desesperada— ¡Río! ¡Dame un poco de tu agua para que pueda entregársela al árbol, para que éste me dé madera, y yo pueda entregársela al carpintero para que me haga una cuchara y así poder sacar a Juan Perinchín de la ollica.

—¡Maldita sea! —al carpintero se le estaba acabando la paciencia—. No hace falta que a todo el mundo le explique usted la historia entera, señora. Pídale lo que necesite y ya está.

—¡Déjame! —la mujer había dejado a un lado sus modales hacía largo rato ya—. ¡Todo esto no hubiera ocurrido si tú hubieses tenido madera en tu ridícula carpintería desde un principio!

—¡Pero será! —el hombre alzaba un puño al cielo—. ¡Con todo lo que estoy haciendo por usted, al menos debería…!

De pronto, el río habló con una voz clara y limpia:

—Verá, señora. Cómo habrá podido observar, de un tiempo para acá las montañas me dan muy poca agua, por lo que debería usted ir hasta ellas para pedirles por favor que me dieran un poco más, así podría darle yo un poco a usted, usted podría dársela al árbol, el árbol podría darle madera, y el carpintero podría hacerle una cuchara para sacar a su Juan Perinchín de la ollica.

—¡Será posible! Otro igual —el pobre carpintero se frotaba la frente, aburrido de escuchar siempre la misma cantinela.

—¡Aarrgghhhh! —la mamá de Juan Perinchín comenzó a chillar histéricamente y a correr de acá para allá por toda la orilla del río; se estiraba de los pelos, se arañaba la cara, pataleaba el suelo y blasfemaba a los cuatro vientos—. ¡Un carpintero sin madera! ¡Un árbol sin madera! ¡Y ahora un río sin agua! ¡Ya no aguanto más!

De pronto, en mitad de uno de aquellos arrebatos histéricos, la mujer agarró una enorme piedra que encontró en la orilla y se arreó tal golpe con ella que cayó inconsciente al suelo.

—¡Joder! ¡Maldita sea! —dijo el carpintero harto de todo aquello—. ¡Lo que me faltaba! Desde luego que hay días en los que es mejor no levantarse —el hombre miraba de un lado a otro sin saber qué hacer—. En fin, quizá sea mejor así. Al menos no tendré que cargar con ella.

El hombre comprendió en aquel mismo instante que a partir de ese momento todo iba a depender de él, así que se incorporó, se llevó una mano sobre los ojos para hacerse sombra, y fijó la vista en las lejanas montañas.

‹‹Unos cuatro kilómetros, más o menos —se dijo—. Sí, yo creo que unos cuatro kilómetros. Tengo que hacerlo››




El camino a las montañas fue duro, y el carpintero tan sólo pudo llegar hasta ellas tras trepar varios acantilados y enfrentarse a varios animales salvajes que salieron a su encuentro. “Gracias a Dios que traje mi hacha”, se decía una y otra vez.

Cuando por fin se encontraba en la cumbre, el carpintero tomó aliento y gritó:

—¡Oh, grandes montañas! ¡Por el amor de Dios! ¡Dadle algo de agua al río! ¡Es una necesidad de máxima urgencia!

—Verá usted, buen carpintero —dijo la voz grave y solemne de las montañas—. Resulta que desde hace un tiempo las nubes ya no traen casi nada de lluvias. Por lo que no tenemos suficiente agua para darle al río y...

—¡Me importa una mierda! ¡Joder! ¿En serio? ¡Se trata de alguna extraña broma pesada? —el carpintero perdió la poca paciencia que le quedaba—. ¡Pues hacer lo que tengáis que hacer! ¡Santo Dios! ¡Hablad con las nubes, los pájaros, el cielo o con el mismísimo Dios! ¡Pero dadle agua al río! Estoy harto de esa mujer, harto de sus llantos, harto de su Juan Perinchín y harto de su "ollica" del demonio. ¡Vengo caminando desde mi aldea aguantando a esa maldita histérica!

Las montañas, viendo la enorme desesperación que albergaba aquel pobre hombre, accedieron a sus peticiones y lograron convencer a las nubes para que por fin, éstas trajeran algo de lluvia.

Caminando bajo un inmenso chaparrón, el hombre tomo el camino que le llevaba de regreso. Hacía la mitad del trayecto, el hombre tuvo la precaución de hacerse con un cubo y una carretilla que encontró junto a una pequeña cuadra abandonada.

‹‹Necesitaré esto para poder recoger algo de agua y poder cargar con la mujer.››

Cuando por fin llegó hasta la orilla del río —calado hasta los huesos y tiritando de frío a causa del chaparrón que habían dejado caer las nubes sobre él en las montañas—, encontró a la mujer justo donde la había dejado.

—¡Ya estoy aquí! —le gritó al río—. Vengo desde las montañas. Como ves, ya tienes tu agua. Ahora si me permites llenaré este cubo y me largaré de aquí con esta —dijo señalando con el dedo a la mujer que yacía en el suelo—. Me gustaría poder dormir hoy en mi casa, ¿sabes?

—Por supuesto que sí —dijo el río—. Toma cuanta necesites.



Iba el carpintero con el cubo de agua colgado sobre el hombro y la mujer tirada sobre la carretilla cuando pasó de nuevo frente a la venta. Todavía seguían allí aquellos cuatro viejos, la ventera, y aquel pobre chucho que costaba adivinar si todavía seguía con vida.

—¡Mirad! —volvió a decir el mismo viejo de la otra vez—. ¡Es aquel tipo que pasó hace unas horas con aquella mujer a cuestas! ¡Ahora la lleva sobre una carretilla!

—A fe que esa pobre desgraciada no pasa de este día —comentó la ventera.

—Desde luego que lleva mala cara —dijo otro.

—¡Qué bien viven algunos! —les gritó el carpintero conteniendo su rabia.

—¡Venga hombre, no se tome a mal nuestros comentarios! ¿Qué es eso tan importante que debe hacer usted hoy? Es viernes, y es mediodía. ¿A caso no le apetecerá a vuestra merced echar unos naipes con unos viejos aburridos? —dijo el anciano señalando a sus compañeros—. Tenemos vino, pan y queso. Venga hombre, anímese.

—No, gracias —explicó el carpintero—. Debo llegar hasta el árbol de aquella colina lo antes posibles para que me dé algo de madera, y después ir a mi carpintería, y después levar a esta mujer a su casa.

—¿A un árbol a que le dé madera? —preguntó otro de los viejos con gesto extrañado.

—Como lo oye, es una larga historia.

—Oiga, buen carpintero —dijo el viejo calvo y desdentado del principio—. Hace un sol de justicia, ¿no cree usted que debería poner a esa mujer a la sombra? Parece que hasta incluso veo salir un poco de humo de esa carreta.

—¡En realidad me importa un carajo! —dijo el carpintero ya sin poder contener su enfado—. Está desquiciada porque su hijo se ha caído dentro de una olla hirviendo, y prefiero que esté así a que se halle consciente. ¡Ustedes no se pueden imaginar el cancán!

—Oh, ya veo… —comentó el viejo sin dientes—. Desde luego que hoy día la gente se altera con nada. ¡En fin! ¡Vaya usted con Dios! ¡Y que lleve suerte!

—Gracias —contestó el carpintero continuando con su camino.




El árbol de la colina aceptó de buena gana el agua que el carpintero le ofrecía a cambio de un poco de madera.

—La señora no tiene muy buen aspecto, señor carpintero —le dijo a éste al observar el rostro demacrado de la mujer.

—Lo sé, pero ¿qué voy a hacer yo? Bastante he hecho en no dejarla allí tirada junto al río. Está loca, ¿sabe usted, señor árbol?

Tras abandonar la solitaria colina y caminar durante largo rato el hombre por fin llegó hasta su humilde carpintería. Al pobre hombre le dolían los pies, le temblaban las piernas y le crujían las rodillas y los codos de cargar con aquella mujer.

Cuando finalmente el veterano carpintero estaba dando los últimos retoques a la cuchara de madera, la mujer recobró la consciencia.

—¡Oh Dios mío! —dijo saliendo torpemente de aquella carretilla oxidada— ¿Qué ha ocurrido? ¡Ya casi estamos aquí! ¡Vamos! ¡Dese prisa, todavía tenemos tiempo de sacar a mi pobre Juan Perinchín de la ollica! ¡Venga, maldito incompetente!

El carpintero se mordía los labios para contener la ira que los gritos de aquella mujer provocaban en él.

—¡Ya está! —gritó victorioso el hombre—. ¡Vamos!

Salieron de la carpintería a toda prisa y corrieron hasta la casa de campo. Cuando llegaron hasta ella, ya sin fuerza alguna, se dirigieron a la cocina para ser testigos de la tremenda desgracia que allí había ocurrido.

—¡Ay Dios mío! —lloraba la mujer—. ¡Mi pobre Juan Perinchín! ¡Se ha ahogado dentro de la ollica!

—¿"Ollica"? —decía el carpintero incrédulo—. ¿Ha dicho usted “ollica”? ¡Por Dios Santo, señora! ¡Esta olla es descomunalmente grande! ¡Para cuantas personas quería hacer usted de comer hoy? ¿Para toda la comarca?

—¡Déjeme! ¡Todo esto es culpa tuya por no tener madera en tu estúpida carpintería! —le gritaba la mujer.

—¿Mía? ¿Ha dicho que es culpa mía? —el carpintero no podía creer lo que estaba escuchando—. ¡Si usted no hubiese perdido un tiempo maravilloso contándole a todo el mundo lo que tenía que hacer, quizá hubiésemos llegado a tiempo de salvarlo! ¡Pero no! Que si “dame agua para que esto”, que si “dame madera para lo otro”, que si “dame esto, para que yo le dé a aquel, y aquel me dé a mí”, que si “sacar a Juan Perinchín de la ollica…” ¡Ahora jódase!

Y dando un portazo, el carpintero salió de la vieja casa de campo dejando allí a la mujer, y con paso tranquilo, se encaminó hacia la venta donde los hombres jugaban a las cartas.

‹‹Con suerte, cuando llegue aún están allí y me da tiempo a echar un par de manos y beber algo de vino antes volver a casa para la cena. Creo que me lo he ganado.››


Todas las entradas
bottom of page